Reza un proverbio chino que “el aleteo de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo”. Es probable que esta máxima, por la cual un pequeño cambio en un rincón del globo puede alcanzar enormes efectos en el extremo opuesto en cuestión de segundos, dé buena cuenta de la actual situación de crisis de la economía española. Los ciudadanos de este país asisten atónitos al desmoronamiento imparable del Estado de bienestar que, con más o menos limitaciones, había conseguido levantarse durante las últimas cuatro décadas. Muchos se preguntan qué ha pasado, por qué se ha llegado a tal situación. Es común escuchar en boca de políticos y medios de comunicación un mantra que guarda demasiado parecido a aquel que Margaret Thatcher y Ronald Reagan popularizaron en los años ochenta, por el cual “no hay alternativa” (lo que se denominó el pensamiento TINA: There Is No Alternative) a la política de recortes y “adelgazamiento” del Estado. Una idea que no hace sino aumentar la perplejidad de quienes ayer eran clase media estable y que hoy se encuentran en la calle, sin trabajo, sin casa y con una cuantiosa deuda que afrontar. Este artículo no pretende otra cosa que aportar algo de luz a tanta sombra, siguiendo para ello la estela de las alas de aquella mariposa.

Era agosto de 1971 cuando, enfundado en un traje azul y con gesto solemne, el entonces presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, leía por televisión una medida que iba a cambiar las reglas de juego de la economía planetaria y, por tanto, del mundo: la ruptura de Bretton Woods, el acuerdo monetario alcanzado al final de la Segunda Guerra Mundial que había regulado hasta entonces el comercio. Este acuerdo, simple, partía de un principio basado en la convertibilidad del dólar en oro, 1 lo que establecía un tipo de cambio fijo y mantenía cierto equilibro en las relaciones comerciales entre países cuyas monedas tenían dicho patrón como referencia, al seguirse la regla implícita de “tu gasto es mi consumo”, de forma que se evitaban grandes desigualdades en las balanzas de pagos, los cambios se compensaban y las diferencias ―menores― eran cubiertas en oro o en dólares. El anuncio no llegaba de la nada, sino después de que EE. UU. se encontrara al borde de la quiebra por la escasez de reservas de oro tras la demanda masiva de otros países que buscaban canjear sus dólares por onzas (algo que Bretton Woods permitía a los bancos centrales), como consecuencia del callejón sin salida originado por la guerra de Vietnam y la necesidad de importar energía.
Esta medida convertía a la Reserva Federal en el banquero del mundo, dada su capacidad ilimitada de “poner en marcha la máquina” y emitir dólares, que ya sin el respaldo del oro hacían de esta moneda simple papel. Esto provocó una expansión del crédito a escala internacional ―donde todo se paga en dólares― y, lo que es más importante, supuso un cambio en la naturaleza de la economía, que pasaba de ser productiva (basada en la industria) a estar financiarizada, lo que implicaba tanto como dejarla en manos de los inversores, quienes pronto comenzaron a especular con las distintas monedas y a mover flujos inconmensurables de capital por todo el mundo, cada vez con mayores niveles de volatilidad, lo que dio inicio a la globalización financiera. Pero, nada más lejos de la realidad, serán estos magnates (entre los que se encuentran los hoy archiconocidos bancos y fondos de inversión o las agencias de calificación, así como toda una compleja y opaca arquitectura formada a su alrededor) quienes realmente se beneficien de las nuevas reglas de juego, ya que los propios ciudadanos estadounidenses pronto comenzarían a sufrir los efectos demoledores del dominio financiero, con el inicio de los procesos de desindustrialización del país, la deslocalización de empresas y el subsiguiente aumento exponencial de las tasas de paro y depauperación de las condiciones de vida. Es en este contexto en el que debe entenderse el surgimiento y desarrollo de la Unión Europea (UE).
La Unión Europea y la necesaria moneda común
Más allá de ser un proyecto verdaderamente político, la UE nace con el propósito de formar una unión aduanera y, sobre todo, monetaria, después de que la ruptura de Bretton Woods dejara a la intemperie a las monedas nacionales, que quedaban ahora desprotegidas frente a probables ataques especulativos de los mercados financieros. Este proceso se aceleró sobre todo después del conocido como Black Wednesday de 1992, cuando el multimillonario George Soros puso en jaque a la libra esterlina tras realizar un “masivo ataque especulador” a través de uno de sus fondos de inversión. La estrategia era sencilla: primero se adquiría, poco a poco, préstamos en libras para, posteriormente y una vez acumulada una importante cantidad, sacar de forma masiva esas libras al mercado, lo que propiciaba un exceso de libras en circulación, además de un efecto contagio, ya que, como la moneda perdía valor a una velocidad de vértigo, quienes tenían libras ―presos del pánico― comenzaban también a venderlas. Es justo en ese momento, con una libra devaluada, sin que nadie quiera comprarla y con el sistema financiero británico al borde del abismo, cuando Soros, con el dinero inicial, compra una cantidad mayor de libras, lo que permite devolverle el dinero al Bank of England y ganar en la operación, en tan solo unos días, más de mil millones de dólares. Para evitar situaciones como esta y proteger las monedas nacionales, la UE planeó la constitución inminente de una moneda común, el euro.

Sin embargo, la conformación de esta unión monetaria tiene una importante peculiaridad: el papel del Banco Central Europeo (BCE). Los distintos Estados, al ceder soberanía a esta instancia comunitaria, pierden la capacidad de emitir su propia moneda, con lo que sus respectivos bancos centrales ya no están habilitados para intervenir en la economía del país.

Sin embargo, la conformación de esta unión monetaria tiene una importante peculiaridad: el papel del Banco Central Europeo (BCE). Los distintos Estados, al ceder soberanía a esta instancia comunitaria, pierden la capacidad de emitir su propia moneda, con lo que sus respectivos bancos centrales ya no están habilitados para intervenir en la economía del país. Hasta ahí, todo lógico en un proceso de integración si no fuera porque el BCE tampoco adquiere el mismo rol que caracteriza a un verdadero banco central. A diferencia de estos, el BCE no puede proveer dinero a los Estados sino únicamente conceder préstamos a los bancos privados. Además, su capacidad de imprimir dinero es limitada (con el fin de controlar la inflación, lo que beneficia a quienes concentran mayor cantidad de capital), y, lo que es más relevante, como luego veremos, no se le permite comprar deuda pública de los Estados miembros. Esto provoca que, al tiempo que la UE responde al intento de proteger la moneda, se abra la puerta a un nuevo tipo de especulación por parte de los mercados financieros: el de la deuda pública, el cual en la actualidad está machacando a los países del sur de Europa. La pregunta, entonces, es clara: ¿cuál es el interés que hay detrás de todo esto? La respuesta no deja de ser menos clara: el dominio sin parangón de la banca alemana, que ejerce de portentoso lobby financiero.
Como antes se exponía, la ruptura de Bretton Woods conllevó a un crecimiento sin precedentes del crédito a nivel mundial. En ese proceso, paralelo al de construcción de la Unión Europea, la banca alemana comienza a adquirir bonos de deuda de Estados Unidos, dinero que utiliza para dar préstamos al resto de los bancos privados europeos, especialmente a los países del sur que acaban de salir de regímenes dictatoriales (Portugal, Grecia y España), y que son hoy, y no casualmente, los mismos que se encuentran inmersos en profundas crisis. Esta expansión se acrecienta, casi sin límite, en la década de 1990 y en la de 2000, incentivada además por el descenso de los tipos de interés decretado por el BCE, lo que hacía muy atractiva la contratación de préstamos. Este mecanismo es el que permite a Alemania, que había apostado por una economía exportadora, colocar sus productos en otros países, debido, en buena medida, a que estos podían afrontar ahora nuevos pagos gracias al crédito que los propios bancos alemanes estaban proveyendo.
Este juego determina también el rumbo del sistema productivo de los países. Así por ejemplo, por un lado, Alemania se consolida como país industrial y de alto desarrollo tecnológico, mientras que, por el otro, España se va caracterizando por tener un patrón de crecimiento basado en el consumo, donde son las actividades asociadas a este las que van a sostener la economía nacional. No es de extrañar, por tanto, la expansión del sector servicios y, sobre todo, el auge de la construcción como principal actividad económica, así como un recurrente desequilibrio de la balanza comercial, debido a esa dependencia de las importaciones y a la escasa competitividad de las empresas españolas. Son momentos en los que el grifo de dinero de los bancos parece interminable, prolifera la concesión de préstamos a toda una legión de promotores inmobiliarios 2 y se contratan innumerables hipotecas en unas condiciones aparentemente muy ventajosas. 3 Esta explosión tiene su punto álgido con la aprobación de la Ley del Suelo de 1997 4  bajo el Gobierno derechista de José María Aznar, que simplifica las condiciones de recalificación del suelo para convertirlo en urbanizable, lo que abre la puerta a una espiral frenética de reconversiones por parte de los ayuntamientos. Un proceso que pronto comienza a generar una tupida red de clientelismos y corruptelas, como si de un gran festín se tratase, pero con cargo a dinero público. De este movimiento es del que se deriva un incremento constante del precio de los pisos y se hace de la vivienda el objeto favorito de especulación. Son los años dorados. Es la época de insuflación de la burbuja inmobiliaria.
Esta estructura económica tiene además un considerable impacto en la sociedad española tanto en términos políticos como sociales y culturales. Se fomenta el consumismo y el dinero fácil como modo de vida, la despolitización y la dejadez ciudadana como valores generalizados y la casi estigmatización de quienes no se suben a este tren o rechazan tal idiosincrasia. Se impone cierto relativismo, se pierden referentes, y no es extraño ver hechos paradójicos, tales como jóvenes de 18 años cobrando más de 2,000 euros al mes en la construcción al tiempo que hay miles de investigadores con formación universitaria, másters, doctorados y conocimiento de idiomas que malviven en una malsana competencia por escasas y escuálidas becas, penalizados por la propia sociedad. Se diseñan obras faraónicas, 5 se convierte en íconos a personas condenadas por casos de corrupción 6 y la calidad de la prensa crítica de los primeros años de la Transición es sustituida por el modelo berlusconiano de las “mamachicho” 7  y la telebasura. Sin embargo, pronto, este banquete provocará más de un atragantamiento.
El inicio del derrumbe: las hipotecas “basura”
De nuevo en la otra punta del mundo, de donde los dólares fluyen, los EE. UU. se van a ver sumergidos inesperadamente en una de las mayores crisis de su historia reciente, hasta niveles que hacen a muchos recordar el crash bursátil de 1929. Durante el año 2007 estalla lo que se ha denominado la crisis de las hipotecas subprime, origen de la actual crisis económica a escala mundial que pondrá fin al flujo incesante de crédito iniciado en 1971. De manera simplificada, la lógica es la siguiente: las hipotecas subprime o “basura” se crearon como un nuevo producto financiero provisto por los bancos estadounidenses. Ávidas de conceder más préstamos, estas instituciones comienzan a ofrecer créditos hipotecarios a unos bajos tipos de interés durante los primeros años (aunque con una importante letra pequeña, ya que se encuentran sujetos a un paulatino endurecimiento de las condiciones crediticias, así como a un tipo de interés variable), y se las considera “basura” por ser de “alto riesgo”, debido a la alta probabilidad de impago de quienes las contratan, personas con escasos recursos o de dudosa estabilidad económica.
El problema de estas hipotecas es el circuito, ajeno al hipotecado, que se genera a partir de ellas. Estos préstamos pasan a formar parte del activo de los bancos, dinero ficticio que pronto se convierte en más dinero ficticio, al transformarlo la banca en fondos de inversión e iniciar así todo un juego de compra-venta en los mercados financieros. Un proceso que llevó a una escalada especulativa por el que se estima que lo que era un dólar en 2003 pasó a rondar los 60 dólares en 2007, 8 momento en el que el sistema se viene abajo. La subida de los tipos de interés y la crisis de empleo en el país provoca una escalada de impagos, personas con cada vez recursos más escasos que no pueden afrontar ya el pago de una deuda creciente. Esto provoca un pánico generalizado en los circuitos financieros, al extenderse el temor de “estar contaminados” con dinero (ficticio, repetimos) proveniente de este tipo de hipotecas. En un increíble efecto cascada, y como una onda expansiva, se comienza a cortar el antes inagotable grifo del crédito. Esto provoca un cambio de lógica. Los bancos alemanes ―infectados por lo que se denominó “activos tóxicos”― ya no proveen más dinero a los bancos de Europa del sur, que ahora se encuentran sobreendeudados, lo que provoca el derrumbe de países como España, en los que si no hay crédito, no hay consumo, y sin consumo se produce la depresión de un patrón de crecimiento sustentado en actividades vinculadas a él, como la construcción (con la agravante de que se trata de un sector de gran eslabonamiento productivo) y el sector servicios, con consecuencias atroces en los niveles de desempleo y en los estándares de vida.

En esta nueva lógica, los capitales viajan desde la periferia hacia el centro, siendo este Alemania o, para ser más correctos, la banca alemana. En el caso español, la deuda privada es inconmensurable, los bancos del país deben hacer pagos a los alemanes y no tienen cómo.

Esta situación es la que ha provocado un cambio en los flujos del capital y en su reestructuración en la Unión Europea. Como antes ya se advertía, no es casual que la crisis esté golpeando especialmente a Portugal, Grecia, España e incluso Italia, todos ellos países del sur de Europa. En esta nueva lógica, los capitales viajan desde la periferia hacia el centro, siendo este Alemania o, para ser más correctos, la banca alemana. En el caso español, la deuda privada es inconmensurable, los bancos del país deben hacer pagos a los alemanes y no tienen cómo. Al igual que se hizo en 2007 en Estados Unidos, la deuda privada se ha terminado transfiriendo al Estado, que ha tenido que intervenir e inyectar dinero a estas entidades privadas, por lo que, poco a poco, ha pasado a ser deuda pública. Esto provoca un Estado absolutamente endeudado, que se ve en la obligación de emitir bonos de deuda en los mercados financieros donde, casualmente, son los bancos de inversión alemanes quienes los adquieren. Ello con el añadido de tener que pagar además una alta rentabilidad en intereses, debido al incremento espeluznante de la prima de riesgo (el diferencial de precio de bonos españoles a diez años con respecto a los alemanes, utilizados como referencia, por su estabilidad e improbable impago), determinada por la especulación de los propios inversores en el mercado financiero.
Es aquí cuando toma relevancia el papel del BCE. Como antes se explicaba, la deuda pública de los países está sujeta al riesgo de la especulación, como le ocurre ahora a España (donde la prima de riesgo llegó a alcanzar los 610 puntos 9). El gran problema de los Estados con euro es que no pueden emitir su propia moneda, con lo que no pueden sacar al mercado más dinero y, de esa forma, devaluar. Las peculiaridades del BCE ―a las que se hacía referencia― responden a la presión alemana de no constituir un verdadero banco central, lo que le otorga un auténtico poder a esta país sobre el resto. Si el BCE actuase como tal, probablemente, hubiera intervenido al inicio de la crisis o bien emitiendo más dinero o bien comprando deuda española; ello hubiera evitado la especulación y la espiral de endeudamiento en la que se haya inserta España, sobre todo tras los 100.000 millones de rescate financiero concedidos al país para salvar a la banca privada. Pero esto hubiera supuesto una cuantiosa pérdida de la banca de inversión alemana.
La revitalización del pensamiento neoliberal
Entretanto, a la ciudadanía se le dice lo mismo que entonces, “no hay alternativa”, todo ello bajo una gran falacia, que hoy repite lo de ayer: el Estado es el culpable. Como antes hizo Thatcher, ahora la canciller alemana Angela Merkel señala al Estado y a sus supuestos excesos como el foco de todos los males que aquejan al país. Un cuento neoliberal que lee con gusto el actual Gobierno de España, cuyo presidente, Mariano Rajoy, en sus escasas comparecencias (ha llegado incluso a suspender el Debate sobre el estado de la nación ante el Congreso de los Diputados), afirma saber muy bien “lo que hay que hacer”. La idea es que una ciudadanía confundida se crea dicho cuento, en un país con amplia tradición judeocristiana, donde el sentimiento de culpa se extiende. No por casualidad una de las primeras medidas del gobierno del Partido Popular fue cambiar la forma de elección del presidente de la corporación Radio Televisión Española (RTVE), mediante la modificación por decreto ley (medida utilizada para cuestiones de urgencia) de la mayoría parlamentaria para su designación, al tiempo que se despedía al jefe de servicios informativos del canal público y a una serie de respetados periodistas.
Esta ideología, que responde a unos intereses concretos ―como se ha descrito―, tiene como principal consecuencia una política económica contraria a lo que, más allá de la animadversión o querencia hacia el sistema capitalista, el sentido común dictaminaría, y es que en tiempos de crisis se necesitan políticas anticíclicas que apunten a la recuperación de la economía como objetivo, lo que implica, sobre todo, una expansión del gasto público y una reducción de impuestos indirectos que empujen al consumo y que conduzcan a un incremento de la demanda agregada, lo que a su vez genera empleo y, en última instancia, un crecimiento general del país. 10
Sin embargo, las medidas aprobadas en el primer año de vida del gobierno de Rajoy caminan justo en dirección contraria: disminución del gasto público y del gasto social, con recortes especialmente sangrantes en educación, de 21,9% en los últimos Presupuestos Generales del Estado (PGE) (con reducción de profesores y un mayor número de alumnos por aula en la educación primaria y secundaria; o con la subida de tasas y despidos de interinos y contratados en las universidades, aparte de la reducción de becas); y en sanidad, de 6,8% de los mismos PGE  (copago, exclusión de inmigrantes o privatización de servicios); subida de impuestos a las clases medias (IRPF 11) y de impuestos indirectos que gravan el consumo (IVA 12); reforma laboral que facilita el despido (incluso el masivo, a través de los Expedientes de Regulación de Empleo 13 [ERE]), rompe principios básicos de la negociación colectiva y abarata las indemnizaciones; supresión de prestaciones sociales (dependientes, parados de larga duración o ayudas como la de maternidad o acceso a la vivienda); o un ataque indiscriminado a los funcionarios públicos (con reducciones salariales, reducción de jornada o despidos y supresión de la paga extraordinaria).
Son recortes todos ellos destinados a afrontar el pago de los intereses de la deuda, de una deuda privada generada por los bancos en el circuito financiero, y que ahora se ha convertido en deuda pública y, por tanto, responsabilidad del Estado, la que se sostiene sobre la cada vez más estrecha clase media, ahogada por los esfuerzos mientras ve cómo el Gobierno anuncia amnistías fiscales para quienes defraudaron a Hacienda, pilota estafas bancarias (caso Bankia) o exime de sacrificios a las rentas altas y a las grandes empresas y capitales, con el argumento de que hacerlo supondría su huida del país, al tiempo que toda una generación comienza a abandonarlo por falta de oportunidades (desde que estalló la crisis en 2008, casi 400.000 españoles ―en su mayoría jóvenes, mano de obra cualificada― salieron a buscar suerte en el exterior, lo que ha ocasionado, además de una fuga de cerebros, un cambio de tendencia en el saldo migratorio).Se trata de un fraude masivo que comienza a dejar efectos dramáticos en un país con una tasa general de paro de casi el 25%, un 50% de desempleo juvenil, 1.737.600 hogares con todos sus miembros sin trabajo, 14 con la tasa de temporalidad más alta de la UE, 15 con la declaración de 18.000 ERE en 2011, con una ejecución incesante de desahucios 16 (con la particularidad de la ley hipotecaria que rige en España, 17 por la cual la pérdida de la vivienda no anula la deuda, que además se incrementa por las costas del proceso y por el aumento de las tasas de interés) y, lo que es más preocupante, el crecimiento imparable de la pobreza, que, según la ONU, en población infantil se sitúa ya en el 26%. 18
Una traslación de los términos que lejos deja aquellas buenas voluntades expresadas en 2008 por el entonces presidente francés Nicolás Sarkozy de “refundar el capitalismo”, y con las que Barack Obama llegó a la presidencia de los Estados Unidos. Hoy, cuatro años después, aquellas palabras parecen no existir ya ni en las hemerotecas. Ni se han regulado los mercados, ni se han establecido tasas a las transacciones de capital, ni se han suprimido los paraísos fiscales, entre otras de las medidas anunciadas.  La solución para España en este escenario (que bien pareciera un callejón sin salida) pasa cada vez más por un ajuste estructural, una suerte de huida hacia adelante que llevaría a una privatización en masa 19  de sectores esenciales, desde las comunicaciones (puertos, aeropuertos y tráfico ferroviario 20) hasta otros mucho más sensibles, como el agua, 21 la sanidad o la educación, aparte de una reestructuración de la administración pública, con el despido en bloque de contratados.
Y ahora, ¿hacia dónde?
En este contexto, la crisis ha comenzado a resquebrajar algunas de las principales costuras que se habían tejido en el pacto político y social negociado durante la época de la Transición en España. El acuerdo al que se llegó en aquel periodo, y que tiene su reflejo en la Constitución de 1978, supuso un arreglo institucional que permitió salir de la dictadura de la forma menos cruenta posible, con el compromiso de actores muy diversos, que iban desde la extrema derecha franquista hasta el Partido Comunista Español (PCE) en el exilio. Este acuerdo, que ya tiene más de tres décadas, ha comenzado a ser cuestionado con fuerza en los últimos años a raíz ―pero no solo― de las crecientes dificultades económicas, con la emergencia de nuevos actores sociales, representantes de una generación política nacida tras la aprobación de la Constitución que comienza a interrogarse por algunos elementos como la monarquía, la división territorial del poder, el sistema electoral o la relación del Estado con la Iglesia. Es ahí donde cabe entender la irrupción del Movimiento del 15-M, conocidos como los indignados, que bajo el lema de “no nos representan” visibiliza algunos de los límites del modelo español.

En este contexto, la crisis ha comenzado a resquebrajar algunas de las principales costuras que se habían tejido en el pacto político y social negociado durante la época de la Transición en España.

Sin embargo, aún está por evaluarse la influencia de este movimiento. De carácter heterogéneo y con cierta ambigüedad ideológica, su impacto hasta el momento puede leerse más en términos simbólicos que de real peso político. Después de las movilizaciones que llenaron las principales plazas de España durante varias semanas desde mayo de 2011, el resultado de las elecciones generales de noviembre del mismo año apenas supusieron una variación del pronóstico electoral previsto: desplome del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), al que le estalló la crisis ―negada durante demasiado tiempo por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y gestionada mal y tarde―, mayoría absoluta para la derecha (PP) y subida modesta del partido de la izquierda, Izquierda Unida.
Meses después, y con la aprobación de las primeras medidas de ajuste estructural del gobierno de Mariano Rajoy, a pesar del desgaste y de la contestación popular, el PP conserva todavía el liderazgo político, gracias en parte al más de 80% de fidelidad de voto que posee. 22  Por su lado, el PSOE no ha sido capaz de hacer una catarsis política en su interior, y ha apostado por la continuidad, con el candidato derrotado y líder histórico, Alfredo Pérez Rubalcaba, al frente del partido como secretario general. Izquierda Unida parece estar aún lejos de representar a la Syriza 23 española, debido a las luchas internas, al importante peso del PCE histórico y a la incapacidad de absorber las movilizaciones sociales. En este escenario, cobran importancia otros actores, como Unión Progreso y Democracia (UPyD), partido “atrapalotodo” por excelencia, con un discurso populista que combina elementos discursivos progresistas con otros de extremo nacionalismo español, y que tiene, incluso, opciones de convertirse en tercera fuerza política a nivel del país; o el auge, en sentido contrario, de fuerzas independentistas, que piden la secesión de Cataluña y el País Vasco del conjunto del Estado español.
La falta de canalización y la escasa concreción política de los indignados ha permitido también el retorno de cierto protagonismo de los sindicatos, con bases mucho más estructuradas y una mayor tradición organizativa, aunque cuestionados por su inacción durante los primeros compases de la crisis y por sus limitaciones de representación. El elevado seguimiento ciudadano de la marcha de los mineros hacia Madrid durante el mes de julio de 2012, los paros en el sector del transporte y las huelgas en educación y sanidad hacen pensar en un nuevo ciclo de movilizaciones en España, una combinación de formas convencionales de protesta con otras más novedosas. El escenario político queda abierto en los próximos meses y, probablemente, años, en un momento de claro deterioro (si no derrumbe) del Estado de bienestar tal y como se ha conocido hasta ahora en los países del sur de Europa, con la incógnita de cuál será la fortaleza y el alcance real, así como la capacidad que tengan los clásicos actores políticos y sociales de articular y lograr acuerdos con estos nuevos movimientos y expresiones de contestación.
El 15 de mayo de 2011, sin que nadie lo esperara, las calles españolas amanecieron repletas de ciudadanos que decían “no” a un tipo de economía y de política. Días más tarde, ese movimiento tenía su réplica en el corazón financiero del mundo, Wall Street. Hace ya casi cinco años el aleteo de una mariposa derrumbó lo que no era sino un castillo de naipes en el aire, quién sabe si otro aleteo, esta vez en dirección contraria, vuelva a provocar de nuevo grandes efectos.

* Periodista y politólogo, investigador de la Universidad Complutense de Madrid.
Referencias bibliográficas
Niño Becerra, S. (2010). El crash del 2010. Toda la verdad sobre la crisis. Barcelona: Los Libros del Lince.

  1. A razón de 35 dólares por onza. 
  2. De hecho, la suma ingente de dinero prestado no va destinado tanto a las hipotecas particulares, sino a financiar grandes proyectos urbanísticos de pujantes empresarios de la construcción. 
  3. Con condiciones iniciales ventajosas, pero sujetas a tipos de interés variables y al pago de hasta ¡cincuenta años!  
  4. Ley 7/1997, del 14 de abril, de medidas liberalizadoras en materia de suelo y de colegios profesionales. 
  5. Un ejemplo paradigmático de este tipo de obras es la madrileña M-30, carretera urbana construida en la etapa del alcalde del Partido Popular Alberto Ruiz Gallardón, y que ha dejado al Ayuntamiento de Madrid con una deuda abismal.
  6. Casos al respecto hay muchos, pero uno de los que más llama la atención es el del banquero Mario Conde, expresidente del Banesto, condenado por apropiación indebida, y que tras unos años en la cárcel ―sin haber devuelto el dinero desaparecido― hoy se pasea por distintas tertulias televisivas e incluso ha formado un partido político, convirtiéndose en un referente social. 
  7.  Con este término se hace alusión a un programa de televisión, una suerte de espectáculo soez donde, entre otras cosas, un grupo de mujeres enseñaban sus pechos. El formato de este tipo de programas proviene de la televisión privada italiana, propiedad en su mayoría de Silvio Berlusconi, y que hoy ―a través de programas sensacionalistas, de cotilleo o realities― inundan las pantallas.  
  8. Niño Becerra, S. (2010).
  9.  Valor que alcanzó el 20 de julio de 2012. En 2008, en los comienzos de la crisis, la prima de riesgo española rozaba los cero puntos.
  10. En línea con los planteamientos propuestos por Keynes en los años veinte y treinta del pasado siglo. 
  11. Impuesto sobre la renta a personas físicas. Se trata de un impuesto directo que grava la renta personal.  
  12. 2 Impuesto sobre el valor añadido.
  13. Un ERE es un procedimiento administrativo laboral, por el cual una empresa solicita autorización a la administración pú- blica para ejecutar un despido masivo de trabajadores, por motivos relacionados con su funcionamiento. 
  14.  Datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) correspondientes a julio de 2012.
  15. Junto con Polonia, de 26%, cuando la tasa media europea es del 14%, según datos del Hispanobarómetro. 
  16. Según datos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, en España se ejecuta diariamente una media de 159 desahucios.
  17. Ley 41/2007, del 7 de diciembre, por la que se modifica la Ley 2/1981, del 25 de marzo, de Regulación del Mercado Hipotecario, y otras normas del sistema hipotecario y financiero, de regulación de las hipotecas inversas y el seguro de dependencia, y por la que se establece determinada norma tributaria. 
  18. Según la organización filantrópica Cáritas, unos niveles de pobreza que casi se igualarían a los de la posguerra.
  19. La primera gran privatización del sector público se dio durante el primer periodo de gobierno de José María Aznar (1996- 2000), cuando se privatizaron empresas públicas como Telefónica, Endesa, Tabacalera, Repsol o Gas Natural.
  20. De hecho, ya se ha planteado en varias ocasiones la privatización de los aeropuertos de Barajas (Madrid) y El Prat (Barcelona), de Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (AENA) y de la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (Renfe).
  21. Paradigmático es el intento de la Comunidad de Madrid de privatizar el ente público Canal de Isabel II. 
  22. Datos de la empresa encuestadora Metroscopia. Véase: http:// blogs.elpais.com/metroscopia/2011/03/fidelidad-de-voto. html 
  23. Partido político de la izquierda griega que a punto estuvo de gobernar en dicho país tras la parálisis de las fuerzas políticas más convencionales, acusadas de haber arrastrado a Grecia a la actual situación de profunda crisis que viven los helenos. Solo un pacto electoral entre ellas evitó el Gobierno de Syriza.