Manuel Antonio Garretón es un reconocido sociólogo chileno, doctorado en l’Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, París, y ganador en 2007 del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanidades. Entre sus últimos libros se encuentran América Latina en el siglo XXI. Hacia una nueva matriz socio-política (coautor, 2004) y Del post-pinochetismo a la sociedad democrática. Globalización y política en el bicentenario (2007). ARGUMENTOS aprovechó su paso por Lima para recoger sus opiniones sobre las pasadas elecciones chilenas y el rumbo que toman en la actualidad la sociedad y la política latinoamericana.

Doctor Garretón, ¿cómo debemos interpretar la victoria de Piñera en las elecciones presidenciales chilenas?
Yo creo que hay dos elementos a considerar: uno el elemento electoral y otro el elemento político. En términos estrictamente electorales, uno no diría hay un salto dramático o un cambio dramático en las preferencias de los electores. El porcentaje de votos por el cual gana Piñera es de 3.2 puntos porcentuales, que significa poco  más de doscientos veinte mil votos mil votos, lo que en términos estrictos significa alrededor de ciento diez mil votos, porque basta que ese número pase de un lado a otro para inclinar la balanza. Entonces, desde un punto de vista electoral el cambio fue marginal; sin embargo, como ocurre muchas veces en las elecciones a dos bandas, un cambio marginal puede significar un cambio político dramático.
Desde el punto de vista electoral lo que ocurre es que la Concertación, que era la coalición que reúne a la Democracia Cristiana, al Partido Socialista, al Partido por la Democracia y  al Partido Radical, es la que pierde la elección más que Piñera quien la gana. Se trató de la primera vez en que la Concertación llegó dividida al proceso electoral. Debido a un error en la conducción política del proceso preelectoral de elección de candidatos, se produjo una situación que hizo que un diputado, Enríquez-Ominami, se planteara como candidato fuera de la Concertación. A eso hay que agregar que ya se había producido una escisión menor en la Concertación con la salida de un grupo del Partido por la Democracia que pasa a apoyar a Piñera y de un grupo que va en la misma dirección desde la Democracia Cristiana.
¿Estas separaciones previas debilitaron a la Concertación? 
Yo creo que allí no es tanto el problema como con Enríquez-Ominami, que en primera vuelta obtiene el 20% de los votos. En ese sentido, la Concertación que llega a la elección de primera vuelta no es la misma, y obviamente hay una pérdida importante de votos que cuesta recuperar para la segunda vuelta. De hecho, el crecimiento de Frei desde la primera a la segunda vuelta es enorme, pasa del 29% en primera vuelta a un 48% o 49% en la segunda. En ese sentido, crece mucho más de lo que lo hace Piñera, que pasa del 41% en primera vuelta al 49% en la segunda.

Si bien el país continúa dividido gruesamente en dos grandes bloques, hoy existe una mayor soltura de un cierto segmento del electorado con respecto a esos dos bloques, que pueden inclinar la balanza a favor de uno o de otro, y en este caso jugó a favor de Piñera.

Lo que sucedió es que un electorado minoritario responde a un patrón de conducta relativamente nuevo y no organiza sus opciones políticas a partir del clivaje (fractura, ecisión) central que tenía la sociedad chilena, que es el clivaje autoritarismo/democracia, al cual se le suma el clivaje clásico: derecha, centro, izquierda. Estos clivajes tienen su expresión en el sistema político chileno, con dos bloques principales: por un lado, la derecha que apoyó al régimen de Pinochet, y por otro, los sectores de centro e izquierda que estuvieron contra Pinochet, cuya expresión principal es la Concertación. Este electorado nuevo, que no se identifica con ambos bloques, define la situación del país desde las perspectivas de sus intereses económicos y valoriaciones socio-culturales particulares. Es ese sector del electorado, más un porcentaje de voto de castigo a la Concertación en la primera vuelta, el que cambia la balanza electoral. Si bien el país continúa dividido gruesamente en dos grandes bloques, hoy existe una mayor soltura de un cierto segmento del electorado con respecto a esos dos bloques, que pueden inclinar la balanza a favor de uno o de otro, y en este caso jugó a favor de Piñera.
Si ese es el cambio electoral, relativamente menor, ¿cuál es el cambio político?
El cambio político es otra cosa. Estamos en presencia del término de veinte años del gobierno de lacoalición Concertación de Partidos por la Democracia, es decir, de los cuatro gobiernos post dictadura cuyas fuerzas de apoyo expresan a la vez la tradición de cambio y progresismo y que, al mismo tiempo, expresan la  lucha contra la dictadura y  que significó una alianza entre dos grandes adversarios del periodo previo a la dictadura: sectores de democracia cristiana y de izquierda que se habían enfrentado por la conducción de proyectos revolucionarios y libertarios, expresados en el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y en el de la Unidad Popular (1970-1973). Esta división permitió que la derecha, estrictamente minoritaria, aprovechara la crisis política para producir el golpe de Estado. Los sectores proclives al cambio no fueron capaces de estructurar una alianza política en ese momento, y ese es el gran aprendizaje que explica que la Concertación durara tanto, la coalición más exitosa que ha tenido Chile en toda su historia republicana, que sin duda cambió al país. Terminó con la dictadura, viabilizó políticamente al país, bajó la pobreza de un 40% o 50% a un 13%, creció a una tasa de 5% a 6% anual incluso durante la crisis internacional. El día de hoy, para poner un indicador, siete de cada diez estudiantes universitarios tienen padres que no estudiaron en la universidad. Es un proceso de movilidad social que es difícil encontrar en otro país del mundo.
Por lo tanto, no puede afirmarse que la Concertación perdió la elección por un fracaso en su gobierno. Lo que existe son dos problemas fundamentales y una consecuencia. Un primer problema es que la Concertación no logró resolver la herencia del régimen militar. Por un lado, se mantuvo el marco institucional, y con ello somos el único país del mundo que tiene la Constitución de una dictadura. No hemos tenido lo que se podría llamar un “momento constitucional”. Esto no solo tiene un aspecto simbólico, sino que la Constitución consagra un modelo político de empate, a través del sistema electoral binominal, que se reproduce en todas las demás instituciones, como el Poder Judicial, por ejemplo. Este empate hace que todos los proyectos de transformación del modelo económico, segundo problema no resuelto, se pierdan. Es decir la Concertación no pudo cambiar el modelo económico, en parte por esta razón, en parte también porque se va a ir adecuando a este, y allí ocurre lo que me gusta llamar la “trampa del éxito”. La trampa del éxito consiste en que a usted le va tan bien que deja de tomar riesgos, evitando la incertidumbre pero sin alcanzar grandes objetivos. La no transformación, la no remodelación de un proyecto hace que las principales disputas que se debaten en el interior de la Concertación sean por temas de poder, de cargos, de hegemonías internas, y todo eso la desgasta, y desgasta también su imagen pública.

La no transformación, la no remodelación de un proyecto hace que las principales disputas que se debaten en el interior de la Concertación sean por temas de poder, de cargos, de hegemonías internas, y todo eso la desgasta, y desgasta también su imagen pública.

Ahora no hay que pensar que la Concertación perdió  la mayoría de su electorado, pues apenas perdió un pequeño porcentaje como hemos dicho. Pero sí perdió su capacidad de innovación, de convocatoria. A esto hay que agregar la campaña de Piñera, basada fundamentalmente en un mensaje que podría resumirse en “Continuidad: haremos lo mismo, pero lo haremos mucho mejor”. Entonces ese elemento tiene una importancia doble. Uno, no aparece confrontando a la Concertación, aparece recogiendo sus aportes y señalando los problemas, se hace énfasis en la gestión y no en las ideas, porque de haberlo hecho se hubiera enfrentado el problema de que Piñera no representa a la derecha de la Unión Demócrata Independiente, a la derecha heredera de Pinochet. Esa derecha no quiere a Piñera, no le gusta, considera que agenda en materia de sexualidad y otras de la derecha, en temas vinculados al campo religioso, como el del matrimonio gay. Si se hacía una propuesta ideológica, la derecha de Piñera no habría sido suficientemente conservadora para quienes apoyan a la UDI.
Adicionalmente, Piñera había votado por el “no” en el plebiscito de 1988 que buscaba otorgar continuidad al gobierno de Pinochet. ¿Y qué es lo que identifica a la derecha chilena? Haber sido la fuerza política de apoyo, la fuerza civil y de apoyo al gobierno militar. Esta derecha nace con el gobierno militar, y Piñera está fuera de esa cúpula. Por eso, el discurso de gestión de “vamos a hacer las cosas mejor” era un discurso que, por un lado, le servía para no generar la idea de un cambio que hiciera a la gente pensar que con esto no se iba a perder lo ganado con la Concertación y, por otro lado, le servía para ocultar el debate ideológico ya mencionado.
¿Estamos ante una elección que marca el principio del fin del bipartidismo chileno?
En principio no, pero no sabemos lo que vaya a ocurrir. Lo más probable es que Enríquez Ominami constituya un partido y que ese partido en momentos electorales se aliará con los partidos de la Concertación y de la izquierda. Si no se hace entonces queda espacio para que la derecha pueda ganar nuevamente. Si ese 55% de la población de centro-izquierda, que no se encuentra a la derecha, no ve que hay una fuerza con un horizonte común, entonces lo más probable es que no se puedan capitalizar los errores del gobierno después del primer año.  El país no es sociológicamente de derecha aún pero si se percibe la ausencia absoluta de proyecto, tanto del actual gobierno, como de la oposición va a haber una arremetida de los sectores conservadores.
Y el clivaje autoritarismo-democracia sigue funcionando…
Sigue funcionando, se ve todos los días. Todavía Chile no ha superado el clivaje autoritarismo-democracia, aunque hoy no sea el único clivaje central. Han surgido otros que se están conformando, pero que tienen una difícil expresión electoral mientras se mantenga el sistema binominal. En este sistema, las terceras fuerzas no tienen representación. Si hay un sistema proporcional y se generara un cambio electoral, mi impresión es que allí vamos a estar en presencia de la expresión política de nuevos clivajes. En un sistema con dos partidos o coaliciones va a seguir siendo fundamental el poder de veto que tengan la UDI. Mi impresión es que si hay un cambio en los sistemas electorales usted puede tener un cambio en la construcción política de los nuevos clivajes, que en este momento pueden existir, pero políticamente se tienen que enfrentar al sistema bipartidista.
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En el libro ,  publicado a principios de la década y del cual fue co-autor, se decía que América Latina estaba saliendo de una matriz sociopolítica estatal-nacional-popular y que no estaba clara la forma específica que tomaría una nueva matriz. A poco tiempo de terminar la década ¿qué puede decirse de lo que planteó este libro?
Me cuesta afirmar que estamos en la presencia de una nueva matriz en la actualidad. La matriz sociopolítica refiere a un conjunto de relaciones entre el Estado, un sistema de representación y una base socioeconómica y cultural de actores sociales, todo ello mediado por un régimen político. En ese sentido, no se ha logrado constituir, creo yo, una matriz sociopolítica de reemplazo a la estatal-nacional-popular. Es también complicado realizar este análisis porque —y ese es el problema que tenemos los científicos sociales— estamos analizando nuestra propia época y procesos en los que estamos actualmente inmersos. Es posible que en treinta años miremos hacia atrás y digamos que existía una matriz delineada en estos años.

Estamos en todos los países, más o menos, en el proceso de reconstrucción de la relación entre Estado y sociedad. En este proceso, el único elemento de la matriz que es estable es aquel que no lo era en la matriz nacional-popular, que es el régimen político.

Mi impresión, sin embargo, es que estamos en todos los países, más o menos, en el proceso de reconstrucción de la relación entre Estado y sociedad. En este proceso, el único elemento de la matriz que es estable es aquel que no lo era en la matriz nacional-popular, que es el régimen político. Todos nuestros países viven sus distintos procesos en democracia. Como los procesos de reconstrucción de la relación Estado-sociedad son distintos, las características del régimen van a ser, siendo todos democráticos, diferentes de algún modo. Entonces, lo que uno puede ver es que hay distintos proyectos de reconstrucción de estas relaciones, todos ellos, sin embargo, con algunos rasgos comunes.
En primer lugar, estos procesos nacionales se realizan en un mundo globalizado, lo que es nuevo en relación a lo que sucedía durante la vigencia de la anterior matriz sociopolítica. Segundo, estos procesos se dan en una situación en que la destrucción de la matriz anterior se dio a través de un modelo neoliberal y estamos actualmente en una época de paso a un modelo post neoliberal, con un componente innegable de mayor intervención estatal, que en algunas partes adquiere un carácter fundacional. Tercero, no hay una forma de incorporación de masas como la hubo en la matriz estatal nacional popular -a través del proceso de industrialización, que implica la generación de una clase obrera y una clase media que se puedan estructurar en sistemas de partidos o algo similar a partidos- sino que aparecen , por una lado, un proceso de individualización, de descategorización y, por otro, el surgimiento en algunos países de un fuerte componente identitario en una búsqueda de recomposición de identidades originarias en un nuevo contexto.
¿De qué modo se viene reconstruyendo las relaciones entre Estado y la sociedad en la región?
Un primer intento viene desde la política, y ahí encontramos, a su vez, dos visiones o modelos totalmente distintos en la actualidad. Un primer modelo es el uruguayo y chileno, en el que se reconstruye el sistema de partidos, con divisiones más o menos clásicas de derecha e izquierda. En general, un camino que apuesta por un sistema de política partidaria. Un intento semejante, aunque en un país sin sistema de partidos y con partido hegemónico donde se juegan casi todas las tensiones de la sociedad, es el de Argentina. El segundo modelo es el venezolano, que intena una reconstrucción de la matriz -lo digo a futuro porque no sabemos lo que pueda ocurrir en los próximos años- desde la política personalista, pero desde la política al fin y al cabo. Su principal agenda fue una Asamblea Constituyente, es decir, una agenda estrictamente política en una época que la política no le interesaba a la gente. Esta política personalizada, sin embargo, tiene el problema de la falta de un proceso de institucionalización, y como no hay institucionalización, entonces tenemos la permanencia, la búsqueda constante de permanencia en la presidencia.
En ambos casos, tanto el partidista como el personalista, estamos en la presencia de modelos de corte politicista. El gran problema que tiene el primero es la dificultad de estructuración de las relaciones entre partidos y sociedad, en una sociedad que ha cambiado su estructura, sus formas de relación e incluso su modelo económico. El lema “que se vayan todos”, presente en algunos países es la expresión de esto. Esa dificultad de relación entre el los mismos partidos que existían antes y una sociedad que, de algún modo, ha cambiado.
Además de las variantes de este modelo de reconstrucción desde le política, ¿qué otros modelos existen?
El segundo modelo es lo que podría llamarse modelo societalista: el país se reconstruye desde abajo, desde la sociedad. En la relación Estado-sociedad, la nación se refunda desde la sociedad, no desde la política. Hay dos variantes de esta vía. Una variante es Bolivia donde Evo Morales señala que “nuestro problema es que no solo tuvimos diez años de reformas neoliberales, nuestro problema no son los años de dictadura, nuestro problema no son los últimos 150 años. Nuestros problemas son de 500 años”. Es decir, se intenta reconstruir el vínculo con el Estado desde un nosotros, desde una sociedad que se define como un proyecto étnico. Ahora, el gran problema con ese modelo es qué pasa con el “otro” que no se reconoce en ese “nosotros”, que se siente boliviano pero no parte de la comunidad étnica. Todas las instituciones que está generando Evo Morales desde sus actos fundacionales son intentos de forjar una nueva relación desde la sociedad-comunidad hacia el Estado, lo que deja planteado el tema propiamente ciudadano del cual sería incorrecto decir que Evo no se preocupa.
La segunda variante de este modelo societalista es uno que no existe como tal en ningún país del mundo, pero que puede observarse en el discurso actual sobre la “sociedad civil”, cuya mejor expresión son los foros de Porto Alegre, los foros sociales, los foros alter mundialistas. ¿De qué se trata? Fuera el Estado, lo que importa es la sociedad civil, la organizaciones, los presupuestos participativos. Es un  modelo que tiene enorme influencia a nivel mundial. No hay ninguna cumbre de Estados que no tenga al frente una cumbre de ONG’s de sectores sociales. El motor de esto tienden a ser las  ONG que, a veces, sustituyen o buscan sustituir a un partido, pero que no pueden sustituirlo. O sea, el gran problema que tiene este modelo es que es un modelo contestatario de enorme fuerza, de mucha gravitación a nivel internacional, pero tienen una incapacidad de incidencia institucional, porque no incorporan el sistema político. ¿Cuáles son las instituciones que proponen y los actores institucionales para desarrollar es trabajo? Porque la sociedad civil es la suma de los intereses legítimos e ilegítimos, diversos y contradictorios de todo el mundo. La “sociedad civil” no es la suma de “gente buena”. La política existe justamente para superar esa limitante de la sociedad civil.
Tenemos entonces el modelo politiscista, el societalista y…
La última fórmula o intento de reconstitución de las relaciones entre Estado y sociedad, que no es ni politiscista ni societalista, es el modelo tecnocrático. Este modelo señala que tenemos que tener mercado, un Estado regulador funcional a ese mercado y capacidad tecnocrática de conducción de ese Estado. En este modelo la relación con la sociedad toma la forma de una relación con clientes, una relación basada en la respuesta a demandas y el consumo de políticas públicas. Se trata de que relación con la sociedad se reconstruya fundamentalmente a partir de la capacidad del conocimiento experto para controlarla y ello se da en el marco de un desarrollo tecnocrático. Este modelo le va a dar enorme importancia al tema educacional y su enemigo principal es la política, porque la política es entendida como interferencia, como “ruido” que interfiere con el conocimiento y que se califica siempre como populista.

No podríamos decir, por ejemplo, si alguno de estos modelos puede derivar […] en fórmulas que amenacen la vigencia de gobiernos democráticos. Uno puede ver que hay tendencias en ese sentido, es cierto, pero también puede ver que hay una búsqueda de nuevas expresiones de la soberanía popular.

Actualmente no podemos prever que va a pasar con estos modelos. No podríamos decir, por ejemplo, si alguno de estos modelos puede derivar -como opinan algunos respecto al modelo politicista personalista o del societalista comunitario- en fórmulas que amenacen la vigencia  de gobiernos democráticos. Uno puede ver que hay tendencias en ese sentido, es cierto, pero también puede ver que hay una búsqueda de nuevas expresiones de la soberanía popular. Muchas veces esas tienden a levantar una idea de pueblo que se opone a una idea plural, liberal, y el reto es cómo se logra mantener el componente liberal que da la política. Entonces, ¿hay algún país o alguna situación en que se combinen todos estos modelos en forma relativamente equilibrada? Si hay uno es Brasil. No deja de ser interesante Brasil, un partido de la clase obrera que asume una conducción en la lucha democrática y en el gobierno va a hacer una enorme cantidad de transacciones con el componente tecnocrático. Resultado: 80% o 90% de aprobación ciudadana. Todo el mundo diría que es un escenario ideal para una reelección, pero allí viene la sabiduría enorme de Lula -que entre todos los presidentes de la región es el que más legitimidad tendría para reelegirse- de no ceder a la tentación del modelo personalizado.
Para terminar, hay quienes podrían decir que este renovado protagonismo del Estado en algunos países es una cuestión más bien coyuntural, que obedece al boom económico de los últimos años, y por lo tanto estaría sujeto a una eventual caída de precios de las materias primas.
Si viene una crisis económica enorme ¿qué van a hacer los países? Las crisis económicas a partir de las cuales se impone el liberalismo económico eran crisis por endeudamiento, por un sobreendeudamiento del Estado, hoy una crisis no va a ser por eso. Pero, pensemos en la crisis europea, la del 2008, en la que básicamente se define la derrota de los modelos neoliberales y el apogeo del neo keynesianismo. A mí no me da la impresión que ningún tipo de crisis actual pueda resolverse a través de volver a la idea que los problemas se resuelven por la vía del mercado. El Estado no va a poder solucionarlo todo pero mi impresión es que en adelante tendrá que ser más importante. Fíjese, hasta en el gobierno de Piñera se están pidiendo más recursos para el Estado y se está planteando una reforma tributaria que la Concertación no hizo.

 * Sociólogo, investigador del IEP.  La entrevista fue realizada en Lima el 18 de junio de 2010 en la ciudad de Lima.