Huber, Ludwig. La corrupción como fenómeno social. Romper la Mano. Una interpretación cultural de la corrupción. Lima: Proética, Instituto de Estudios Peruanos. 2008.

Si bien la corrupción es un fenómeno que se ha tornado central en los discursos políticos de los últimos años, no ha sido en la misma medida uno de los fenómenos favoritos para la investigación en ciencias sociales. Y es que las aproximaciones al tema han venido sobre todo desde las miradas jurídicas y económicas, perspectivas normativas o de medición de percepciones. En este sentido, el libro de Ludwig Huber es un gran aporte. En efecto, “Romper la mano” es uno de los pocos trabajos publicados en el Perú que pretende estudiar la corrupción desde las ciencias sociales, y más aún, desde una lectura que implica entender la corrupción también como un fenómeno cultural.

El libro, aunque dividido en cuatro capítulos, puede ser leído como si estuviera compuesto por dos grandes bloques. El primero (los capítulos I, II y III) presenta un estado de la cuestión sobre la investigación acerca del fenómeno de la corrupción y, el segundo (capítulo IV), un estudio de caso. El estudio bibliográfico del primer bloque muestra un gran trabajo de síntesis, que de manera sencilla, pero clara y rigurosa, resume las principales perspectivas analíticas sobre el tema de la corrupción, así como a los autores más importantes y las interpretaciones que se ha dado del fenómeno. El autor se encarga de mostrar que la corrupción es un problema relativamente reciente para la investigación en ciencias sociales y que es en los últimos veinte años que la importancia del fenómeno renace entre el debate político y académico. Del mismo modo, se hace una lectura de las miradas antropológicas que se han dedicado al tema, lo que le permite indicar que en lugar de proponer una definición del término, de lo que se trata es de estudiar los usos del mismo. Una revisión de las miradas que buscan en la historia las explicaciones al origen del fenómeno, cierra este bloque de capítulos, en donde se termina indicando que “el discurso reciente sobre la corrupción hace visible una visión generalizada sobre la sociedad, el Estado y la política en su conjunto más allá que el fenómeno mismo” (p. 67). Y en efecto, lo que continúa a esta interesante síntesis es un estudio de caso que muestra un trabajo sobre discursos acerca de la corrupción en Ayacucho.

El segundo bloque pretende ser una parte etnográfica que estudia el problema de la corrupción y, como indica el autor, “pretende cubrir parte de este vacío con un estudio de caso” (p. 69). La primera sección demarca el contexto político y social del espacio estudiado: Ayacucho. Este marco, en el que se muestra la fragmentación y el conflicto como principales características, construye el caso presentado centrado en dos ejes: la corrupción estudiada como “discurso” y la corrupción estudiada como “hecho”.

En efecto, la comprensión del fenómeno muestra que los discursos sobre la corrupción gestan un sentido común, un espectro sumamente amplio en el que casi todo aquello que es considerado “injusto” es calificado como “corrupción” por las personas en la vida cotidiana (p. 86). En este sentido, más que un estudio sobre los discursos sobre la corrupción, esta sección nos muestra una interesante reflexión sobre las asociaciones que se hacen con la palabra “corrupción”. Para lograr ese objetivo Huber exhibe una serie de titulares de diarios indicando que se trata de un espacio que muestra diversas denuncias contra las autoridades (algunas fundadas, otras no). Desarrolla entonces la idea de que el uso de la palabra corrupción aparece en un contexto de vigilancia, de denuncia, como un elemento de acusación que se puede utilizar de acuerdo a las tensiones y conflictos existentes frente a la autoridad o como un modo de autodefensa.

En estas interesantes páginas, Huber indica que “obviamente, la corrupción solo sirve para la denuncia cuando atenta contra una normatividad aceptada; es decir, su uso utilitario solamente da resultado cuando ella es considerada como mala y perniciosa” (p. 84), lo que mostraría una suerte de moral subyacente y la capacidad de discernimiento de los actores. Sin embargo, queda por indicar que, en la práctica, los sujetos utilizan diversos juegos de moralidades, intereses y estrategias. De este modo, muchos rechazan discursivamente la corrupción, pero al mismo tiempo, esta constituye una forma activa y recurrente en sus propias relaciones sociales.

La sección que se refiere a los “hechos” parte de la idea de que la corrupción es una práctica normalizada en Ayacucho. Esto le permite al autor gestar una clasificación general de la pequeña corrupción “en cinco rubros: comisiones pagadas por servicios ilícitos; pagos injustificados por servicios públicos regulares; cupos; nepotismo y favoritismo; y la malversación de fondos públicos” (p. 95). La ilustración de estos modos de corrupción se desprende también de casos extraídos de los diarios, algunos testimonios, y aparecen como formas de corrupción en diversas instituciones. Sin embargo, más que prácticas precisas de corrupción, se exponen ciertas modalidades tipificadas. Una sección sobre la corrupción en la educación permite mostrar un esbozo de algunas de las maneras en que la clasificación propuesta se manifiesta (desde el aula hasta la burocracia del sistema educativo). Y es en este punto en el que el argumento de Huber toma fuerza, pues retomando una idea de Gonzalo Portocarrero, indica que “el dejar hacer, la tolerancia a la transgresión, está acompañada por la crítica y la descalificación que brotan del anhelo de pureza, de estar acordes con la ley” (p. 126). Se trata de múltiples formas de complicidad en la vida cotidiana, que normalizan el fenómeno de la corrupción y lo integran en las prácticas de los sujetos.

A propósito de aquello aparece una de las ideas más interesantes: el reconocimiento de la corrupción como un tipo de relación entre los ciudadanos y el Estado. Y es que Huber lo dice de una manera clara, que recuerda la importancia y la actualidad de este campo para la investigación en ciencias sociales. En efecto, indica que los sujetos no experimentan el Estado de una manera total y coherente, sino de manera fragmentada. Es a través de esas interacciones que hay que pensar en las relaciones de los ciudadanos con el Estado. El trabajo de Huber nos permite reconocer dichos espacios y gestar preguntas importantes para continuar la investigación: ¿cómo es que las personas se relacionan con el Estado en la vida cotidiana?, ¿qué estrategias utilizan para ello?

En suma, el primer bloque del libro constituye un material de referencia imprescindible para aquel que quiera investigar el fenómeno de la corrupción desde las ciencias sociales. Una síntesis lúcida, clara y ordenada de los diferentes autores, posiciones y temas implicados en los estudios sobre la corrupción. Un valioso aporte que permite poner un punto de partida en este trabajo y ordenar las referencias académicas sobre el tema. Pero se extraña un poco que el segundo bloque, dedicado al estudio de caso, no se refiera a prácticas concretas o a datos etnográficos de primera mano, sino sustancialmente a diarios, percepciones y discursos. Se extraña en este sentido, justamente, la descripción detallada de la etnografía. En la misma línea, si bien Huber señala que “la corrupción consiste, en general, en actividades clandestinas que se resisten a la observación participante” (p. 15) creo que sí es posible estudiar estos fenómenos desde su práctica efectiva y no restringirse solamente a los discursos (aunque es claro que existen riesgos metodológicos y dificultades). Pero es el reconocimiento de este límite el que lleva al autor a indicar que “lo que podemos presentar es un estudio sobre la moral pública” (p. 15).

“Romper la mano” no significa destruirla, sino en realidad abrirla a la posibilidad de un soborno, pero también a una alianza simbólica, soportada en estructuras de intercambio, formas complejas de reciprocidad, deudas, dones y contra-dones que requieren estudiarse en las prácticas. El importante y claro aporte de Ludwig Huber deja el escenario para continuar la investigación en el tema y la necesidad de estudiar las prácticas de corrupción en su detalle, mostrando la importancia de etnografiar estos fenómenos, de encontrar maneras para penetrar estas lógicas y estudiarlas reinventando la metodología y las técnicas de recojo de información. Por supuesto, se trata de una tarea compleja, pero también de un reto para la investigación en ciencias sociales: y es que cuando la política tiene “mano dura”, es más costoso “romperle la mano”.


* Magíster en Ciencia Política, licenciado en Antropología de la Universidad Católica