Con la palabra desarmada

Luego de dos décadas en prisión, el dirigente del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), Alberto Gálvez Olaechea, salió en libertad  tras cumplir su condena con un libro bajo el brazo llamado Con la palabra desarmada. Ensayos sobre el (pos)conflicto (Lima: Fauno, 2015), en el que hace un balance de su experiencia en esta organización y una reflexión sobre los retos de la reconciliación en el Perú. El libro de este autor es especialmente interesante porque  surge  en medio de un debate sobre cómo debe reaccionar la sociedad peruana ante quienes militaron en grupos armados y salen libres tras cumplir sus condenas.

En el caso de Gálvez Olaechea vale recordar que, al igual que la dirigencia del MRTA renunció a la violencia armada e inició un proceso de reflexión sobre su experiencia en la cárcel y sobre  su participación en este periodo de convulsión. De esta manera, Gálvez Olaechea explica su  proceso de ingresar a la lucha armada, retando al lector a tratar de entender a quienes se enrolaron a una organización como el MRTA y, de esta manera, plantear la necesidad de permitir la reinserción social de aquellos que pertenecieron a grupos armados.

Gálvez Olaechea explica su  proceso de ingresar a la lucha armada, retando al lector a tratar de entender a quienes se enrolaron a una organización como el MRTA y, de esta manera, plantear la necesidad de permitir la reinserción social de aquellos que pertenecieron a grupos armados.

Razones de sangre

La idea que busca refutar el libro es la asunción de que los terroristas son “monstruos” o “fanáticos” motivados simplemente a hacer el mal, es por eso que el autor narra su propia historia como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en las décadas de 1970 y 1980, para luego integrar el MRTA. De esta manera, Gálvez Olaechea plantea que su  camino  a  la insurgencia fue un recorrido natural producto del espíritu de la época en donde el discurso de la izquierda  consideraba que la revolución socialista era inminente y la lucha armada, un método válido.

Un recorrido parecido hace Lurgio Gavilán en su libro Memorias de un soldado desconocido (Lima: IEP, 2012), donde narra cómo se enroló durante su infancia a las filas de Sendero Luminoso, que prometía inicialmente la lucha por la justicia social y la destrucción de “todo lo viejo” en las comunidades campesinas de Ayacucho, por lo que pronto el discurso tuvo efecto en él. Aunque las experiencias son diferentes y el grado de ideologización es distinto, ambos personajes fueron concientizados mediante una visión del mundo dividida entre amigos y enemigos que convertía en “natural” el uso de la violencia.

El libro de Gálvez Olaechea explica que hubo varios factores para que muchos militantes renunciaran. Entre ellos, el recorrido de la izquierda peruana, debido a que  tras el regreso de la democracia en 1980, vivió constantes luchas entre sus partidos, lo que provocó frustración en los sectores radicales, por lo que prefirieron actuar en los márgenes de la legalidad.

Otro elemento que se menciona en el libro es que el surgimiento de Sendero Luminoso generó mala conciencia en un sector de la militancia izquierdista que  veía como un grupo marginal cumplía el discurso revolucionario de toma del poder que tanto se había proclamado, mientras el grueso de partidos parecía seducido por la democracia. Como bien sostiene Olaechea en su libro: “Nosotros, militantes del MIR grupo con antecedentes guerrilleros y rituales de homenaje a sus héroes, nos quedamos inmunes a un proyecto que nos interpelaba y nos forzaba a las definiciones. El discurso se tornó obsoleto: los hechos tenían que hablar” (Pág.57).

Asimismo, el autor considera que también pesaron otros hechos, tales como el surgimiento de movimientos guerrilleros como el M-19 en Colombia y, hasta cierto punto, lo que ocurría en Nicaragua donde la revolución sandinista parecía continuar la senda de la revolución cubana. Sin embargo, Gálvez Olaechea sostiene que en los ochenta la imagen romántica de la guerrilla ya estaba en declive, pero la izquierda peruana, de la que era parte, mantenía vigente este mito y buscó reactualizar ese pasado glorioso.

Gálvez Olaechea sostiene que en los ochenta la imagen romántica de la guerrilla ya estaba en declive, pero la izquierda peruana, de la que era parte, mantenía vigente este mito y buscó reactualizar ese pasado glorioso.

Tomando esto en cuenta, Gálvez Olaechea señala que en 1986 inició las conversaciones  con Víctor Polay para integrar su partido a las filas del MRTA e ir a la lucha armada, puesto que para entonces esta organización era vista como una fuerza en ascenso  y se parecía mucho a las guerrillas clásicas que admiraba el MIR. Según narra el autor, la fusión causó discusiones y divisiones en el MIR debido a las condiciones que imponía el MRTA. Estas establecían que Polay y sus allegados serían los que asumirían la jefatura, relegando a los miristas a ser absorbidos.

Las observaciones de las que da cuenta Gálvez Olaechea son interesantes porque muestran el grado de fraccionamiento de la izquierda cuyas luchas, en el fondo, se concentraban en conservar cuotas de poder. Por otro lado, el libro da cuenta de la impaciencia de estos grupos por mantener viva la lucha armada a pesar que la democracia exigía una renovación ideológica.

Críticas al MRTA

El libro de Gálvez Olaechea sirve como fuente para saber cómo fue el funcionamiento interno de MRTA, por este motivo, también constituye un espacio en el que  el autor  plantea  críticas a la organización a la que perteneció y especialmente a su dirigencia.

Una de las observaciones que hace Gálvez Olaechea sobre el surgimiento del MRTA en 1984, es su tardía aparición  en el escenario político de la época, en un momento en que en el plano legal ya existía IU y en el de la insurgencia armada se encontraba Sendero Luminoso. Como menciona el autor: “El campo gravitacional de ambas fuerzas, en particular del senderismo, era demasiado potente para escapar al impacto de su accionar y sus consecuencias” (p.74), de esta manera no es extraño que el MRTA rápidamente fue asociado a SL a pesar de sus diferencias.

Por otro lado, Gálvez Olaechea critica la intransigencia  de la dirección  del MRTA   al querer acaparar el poder y concentrar sus fuerzas en Lima, lo que  pronto produjo el fracaso de este grupo. “Este centralismo fue uno de los graves errores del sueño estratégico del MRTA, su talón de Aquiles (…) No hubo un bastión de influencia social ni intentamos imponerlo. El dinamismo de los grupos milicianos y de comando fue intenso, con acciones de diversa índole. Su contraparte se tradujo en bajas y en el incremento  del número de presos” (p.75), menciona el autor.

Fuga de Castro Castro y el desenlace predecible.

Sin duda,  alguno de los momentos decisivos para Gálvez Olaechea ocurrió luego de la fuga del penal Castro Castro en julio de 1990, en donde se encontraba junto a varios dirigentes de esta organización. Tal como señala el libro, si bien la fuga inyectó cuadros al MRTA, también generó  el inicio de conflictos y fracturas en  su interior, precisamente en un momento en que el grupo se encontraba en una situación militarmente desfavorable.

La situación interna llegó a tal punto de confrontación que ocasionó las ejecuciones de miembros de la propia organización como Oreste Davila  y Andrés Sosa Chamamé, que generaron que el propio Gálvez Olaechea renunciara al MRTA desde la cárcel en 1992, meses después de ser capturado. Desde ese entonces, el balance de Gálvez Olaechea en prisión llega a la conclusión de que la experiencia armada fue un error no solo militar sino también de tipo ideológico;  y que la rigidez de su actuación les impidió ver la realidad.

A partir de esa autocrítica, Gálvez Olaechea concluye que las revoluciones son excepciones de la historia y no leyes ineluctables del cambio social (p.30), descartando la lógica inicial que asumía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina. También  admite  que en la izquierda hubo una suerte de culto constante a la confrontación que llevaba a ver la violencia como natural y aceptable sin considerar las consecuencias, tal como indica: “exacerbar los conflictos sociales a través del ejercicio de la violencia sistemática, esto es, intentar transformar la sociedad mediante la lucha armada, abre el camino a procesos impredecibles, a veces perversos y contradictorios” (p.94).

Gálvez Olaechea concluye que las revoluciones son excepciones de la historia y no leyes ineluctables del cambio social, descartando la lógica inicial que asumía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina.

De esta forma, Gálvez Olaechea sostiene que la experiencia fue una derrota no solo militar sino política situación que lo lleva a aceptar que estuvo en el lado incorrecto de la historia por su propio dogmatismo, por tal razón concluye que: “hice lo que creí que había que hacer y hoy asumo las consecuencias de mis actos, serenamente, sin dramatismo” (p.95).

Comisión de la Verdad.

Con la palabra desarmada tiene un capítulo especial en el que el autor debate muchas de las afirmaciones que el Informe Final de la Comisión de la Verdad dedica al MRTA como actor en el conflicto armado interno y en el que trata de presentar un deslinde respecto a otros actores, como Sendero Luminoso.

Para empezar, el autor reconoce como valioso es documento de la CVR y señala que se trata de un informe sólido e imposible de leer sin quedar conmovido ante la magnitud del conflicto. Gálvez Olaechea dice sentirse: “interpelado, especialmente  si, como el suscrito, se tuvo responsabilidades en los acontecimientos de los que se da cuenta”. Para el autor, la CVR fue severa con el MRTA al considerarlo como uno de los causantes del conflicto armado, a pesar de que en el propio informe señala que el PCP- SL fue el principal responsable de las violaciones de los derechos humanos.

El autor acepta algunas afirmaciones de la CVR, especialmente  la que  señala al MRTA responsable de secuestros, tomas de rehenes  e incluso asesinatos como el caso del general Enrique López Albújar. Gálvez Olaechea no rehúye a las acusaciones e indica que: “Son imputaciones innegables, y quienes participamos en el MRTA debemos asumir lo que nos toca. Reprodujimos pragmáticamente el accionar de otras guerrillas” p.116) 1. Sin embargo,  a pesar de asumir las responsabilidades por los actos violentos que cometió su organización, el exemerretista considera que la CVR cayó en el discurso hegemónico existente de convertir al MRTA en una organización igual a SL.

Como se señala en el libro: “(es) cierto que el MRTA se equivocó sin duda, se hicieron cosas graves. Gravísimas. Pero ni el más osado de sus detractores se atrevería a imputarle un hecho equivalente al de Lucanamarca (…)” (p.150). Con ello el autor buscar diferenciar a su organización de SL y trata de argumentar que por las diferencias en métodos e ideología el MRTA merece un tratamiento distinto en la memoria de los años  de la violencia.

Reconciliación y perdón.

Otra de las reflexiones que hace el autor respecto al Informe de la CVR es sobre el controvertido tema de la reconciliación del país, el cual era uno de los mandatos de esta comisión y que sin duda sigue siendo una tarea pendiente. Según Gálvez Olaechea, para que haya una reconciliación real, esta debe ocurrir entre las partes enfrentadas, incluyendo a quienes pertenecieron a grupos armados, algo que hasta ahora es un tema tabú en la sociedad peruana. “Si en El Salvador, Guatemala o Colombia se hubiera “hablado” de reconciliación  sin los alzados en armas, se habría considerado una ligereza o una broma” (p.128), menciona.

Asimismo, la explicación que plantea  sobre la falta de un proceso de reconciliación en el país, a diferencia de otras experiencias latinoamericanas, radica en una derrota total de los grupos insurgentes en el Perú, los cuales terminaron estigmatizados como “terroristas”. Para el autor, la sociedad peruana reacciona ante los condenados por terrorismo como si aún fueran un peligro y cualquier tipo de prudencia se convierte en complicidad con el enemigo, manteniendo una lógica de guerra.

Gálvez Olaechea intenta desmontar esta percepción usando como ejemplo la condición de reincidencia, puesto que de las miles de personas que estuvieron en  prisión por terrorismo, ninguna  reincidió en el delito. Este motivo, según el autor,  derrumba el argumento de que los prisioneros que han cumplido su condena son una amenaza a la sociedad. Sobre este punto, el autor incluye más ejemplos de los giros que dieron muchos de los “terroristas” luego de ser capturados. Uno de estos casos es el de Sístero García Torres, uno de los mandos del MRTA en San Martín y  quien, tras entregarse al Ejército, fue testigo en los juicios de muchos de sus excompañeros de armas, para luego pasar a ser jefe de la campaña electoral del candidato fujimorista Rolando Reátegui a la alcaldía de Tarapoto.

Para el autor, la sociedad peruana reacciona ante los condenados por terrorismo como si aún fueran un peligro y cualquier tipo de prudencia se convierte en complicidad con el enemigo, manteniendo una lógica de guerra.

Así, la reflexión que hace Gálvez Olaechea propone abandonar la visión de estas personas como “monstruos”  y empezar a verlos como individuos que vivieron en un contexto que, al cambiar, provocó adaptaciones a las nuevas circunstancias, por lo que condenarlos a ser “apestados sociales” es una injusticia que precisamente impide una reconciliación plena entre los peruanos. Podemos concluir que Con la palabra desarmada cuenta el conflicto armado interno desde el punto de vista de uno de los bandos que fue derrotado, que asume los errores y plantea que se abra el debate del perdón para los que enfrentaron al Estado y la sociedad. Un tema que aún es difícil de procesar, pero que será necesario  enfrentar  en algún momento.


  1. Aquel pragmatismo a la hora de elegir por la violencia la menciona también el ex guerrillero del grupo Montoneros de Argentina, Héctor Ricardo Leis, en su libro Un testamento de los años 70: Terrorismo, política y verdad en la Argentina (Katz Editores), quien en comparación con Gálvez Olaechea  admite que grupo al que perteneció, empleó métodos terroristas y explica algo que probablemente ocurrió a su contraparte peruana al mencionar que: “En esa época nadie pensaba que una organización revolucionaria, aun cuando pusiera  bombas y matara  personas inocentes, pudiera ser terrorista. Al igual que mis compañeros, yo era un terrorista de alma bella”. (p.33)